viernes, marzo 03, 2006

La incineración de residuos y los riesgos para la salud pública

Félix Payo Losa, Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública de Asturias.
Aparece en la Nueva España 28-2-06 en Opinion

Las dioxinas son unos compuestos orgánicos que se producen en la naturaleza durante el proceso de combustión de la materia orgánica. Pertenecen a la familia de los compuestos órgano. Los bifenoles policlorados son de la misma familia. Tan solo 17 de las 210 dioxinas existentes son tóxicas. También se producen en erupciones volcánicas, en los fuegos y en la fabricación de productos químicos, plaguicidas, fungicidas, herbicidas (el agente naranja, usado como defoliante por el Ejército de los EE UU en Vietnam) entre otros procesos.

Una importante característica de estos compuestos es su estabilidad en el medio ambiente: permanecen inalteradas en agua y en el suelo durante décadas. Al ser también solubles en grasas se acumulan en el tejido adiposo, manteniéndose por largos periodos de tiempo, pudiendo bioacumularse en la cadena alimentaría animal y humana durante más de 14 años.

Las incineradoras son la principal fuente de dioxinas en todo el planeta, según miembros del Comité Científico de la Dirección General de Salud de la Unión Europea. La incineración de productos orgánicos produce dioxinas, furanos y otros compuestos, que junto a los derivados de diferentes actividades industriales forman una familia de sustancias conocidas como Contaminantes Orgánicos Tóxicos Persistentes y por sus siglas COTP. Doce de estas sustancias son consideradas de gran peligro por su potencial efecto tóxico para los seres vivos, no solo humanos y son: aldrin, clordano, dieldrina, heptacloro, hexaclorobenceno, mirex, toxafeno, policloro bifenoles, DDT, furanos y dioxinas. Los peligros de esta «docena sucia» han motivado a la Convención de las Naciones Unidas sobre Contaminantes Orgánicos Persistentes a crear el Convenio de Estocolmo -22 de mayo de 201- en el marco del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, con el objeto de ordenar la eliminación del planeta de los 12 contaminantes,. El convenio fue firmado por España y posteriormente ratificado el 28 de mayo de 2004. El Convenio de Estocolmo está en vigor desde el pasado 17 d mayo de 2005.

Para la comunidad científica la acusada toxicidad de las dioxinas es un hecho indiscutible, particularmente en relación con los seres humanos. En 1997, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), clasifico a las dioxinas como potentes carcinógenos tipo I. Esta clasificación se basó en una limitada evidencia en humanos, en una suficiente evidencia en animales y en una exhaustiva información sobre los mecanismos bioquímicos por los que estas sustancias producen cáncer en humanos y en animales. La limitada evidencia venía justificada por la falta casi general de datos sobre emisiones de dioxinas, sobre el escaso conocimiento de la presencia de estas sustancias en los alimentos, teniendo en cuenta que estas cantidades son siempre muy pequeñas y difícil y caras de cuantificar. Estudios posteriores realizados por Manolis Kogevinas, del Instituto Municipal de Investigaciones Médicas de Barcelona, han aportado nuevas investigaciones basadas en estudios toxicológicos y de dosis-respuesta, clasificando como evidente el efecto carcinogénico de las dioxinas sobre los seres humanos expuestos a bajas dosis.

Otros estudios publicados en el Journal of Epidemiology and Community Heath en 2003, han mostrado un exceso de riesgo de tener hijos con malformaciones congénitas, o nacidos muertos de madres que viven en las inmediaciones de incineradoras. Los resultados se basan en un análisis de nacimientos que tuvieron lugar en la región de Cumbria, en el noroeste de Inglaterra, entre 1956 y 1993. La cercanía a las incineradoras se asociaba a incrementos en los nacidos con espina bífida, defectos cardiacos congénitos y anencefália. Los efectos de bajas dosis de dioxinas mantenidas a largo plazo también provocan alteraciones de la función de las hormonas sexuales, de la inmunidad, efectos teratógenicos y de la maduración. Ha sido descrito el mecanismo por el que las dioxinas actuarían en el organismo a nivel intracelular (receptores Ahr).

Es preciso conocer que los efectos de las dioxinas sobre la salud son insidiosos a largo plazo y la demostración de la existencia causa-efecto necesita estudios epidemiológicos rigurosos y complejos que pueden requerir varias generaciones. Este hecho facilita la divulgación de ideas que ponen en duda la gravedad de la toxicidad de las dioxinas. Una de las falacias más comunes es que las incineradoras modernas no producen dioxinas. Se propone que la incineradora de Viena, famosa por el turismo de incineradora que protagoniza, no produce dioxinas. Nada mas lejos de ser cierto. Por la información publicada de datos oficiales, la incineradora de Viena produce dioxinas en una cantidad de 10,973 gramos / año. Debido a su sistema de filtros, la mayor concentración aparece en las cenizas. La importancia de estos residuos es grande teniendo en cuenta que las dioxinas son compuestos estables y acumulativos y que de esas características se deriva en gran medida su toxicidad. También es de recordar que el Convenio de Estocolmo es un acuerdo internacional para la eliminar la producción de este tipo de compuestos. Sin duda, gran parte de la información que ha reflejado la prensa en torno a lo saludable de la incineradora de Viena elude uno de los problemas mas importantes en el proceso de incineración: los residuos generados. Estos residuos son muy ricos en dioxinas, furanos y otros contaminantes estables, así como en metales pesados. La eliminación de estos residuos altamente peligros para la salud y el medio ambiente no esta bien resuelta.

Ejemplo mas cercano de incineradora moderna, inaugurada en 1996, es la de Valdemingómez, en Madrid, objeto de una querella de la Fiscalía de Medio Ambiente y que en el año 2001 hubo de ser paralizada temporalmente por la alta emisión de gases y un incremento de 15 veces los niveles de dioxinas y furanos permitidos. No solo es falsa la idea de que las incineradoras modernas son inocuas, sino que el control que requiere el proceso y el gasto que supone deben ser seriamente considerados.

Dado que las dioxinas y furanos que se producen en los procesos de incineración son contaminantes estables y persistentes y que al no eliminarse tienden a acumularse y a generar toxicidad con dosis bajas, el concepto de niveles de seguridad carece de sentido. No hay niveles que puedan ser considerados como seguros. El 80% de las dioxinas que nos afectas son consumidas en productos de origen animal como parte de la cadena alimenticia. La Unión Europea establece, como orientación para consumo humano, no rebasar cantidades de dioxinas de 1 picogramo (billonésima parte de un gramo) por kilo de peso corporal al día. Esta forma de medir la cantidad de dioxinas, en términos de consumo diario, o semanal, señala el importante riesgo de acumulación.

Además de los efectos para la especie humana que generan los deshechos de las incineradoras, también son considerables los efectos para el medio ambiente. La producción de CO2 y de gases del efecto invernadero provocan un conflicto con el tratado de Kioto. La eliminación de partículas finas a la atmósfera, de menos de 2,5 micras en cantidades importantes puede provocar efectos sobre la salud de colectividades humanas en un amplio radio de acción.

Las incineradoras no pueden ser la alternativa al importante y complejo problema de la gestión integral de residuos. No es posible, en este marco, hacer un planteamiento alternativo riguroso, pero el problema de la gestión de residuos y cenizas de muy alto poder contaminante y los efectos sobre la contaminación atmosférica obligan a pensar alternativas. Es necesaria la implicación en este debate de técnicos en ingeniería medioambiental.

Mas de 1200 científicos, profesionales de la salud y del medio ambiente y de la enseñanza, de diversas instituciones europeas, de la Unión Europea y de la Organización de Naciones Unidas, sin intereses en las grandes inversiones que las incineradoras conllevan, se han pronunciado sin ninguna ambigüedad acerca de los efectos nocivos de las incineradoras sobre el medio ambiente y sobre la mortalidad y morbilidad poblacional, presionando a los gobiernos y exigiendo el cumplimiento del los compromisos firmados en el Convenio de Estocolmo. Hay soluciones alternativas, pero requieren la voluntad industrial y política de acometerlas.

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